2022-05-11

Slavoj Žižek:

En un pasaje memorable de Seguir viviendo, libro que recoge su experiencia del Holocausto, Ruth Klüger relata una conversación con un grupo de «aventajados alumnos de doctorado» en Alemania:

«Uno de ellos cuenta que, en Jerusalén, conoció a un viejo judío húngaro que, pese a haber sobrevivido a Auschwitz, maldecía a los árabes y los despreciaba profundamente. “¿Cómo puede hablar así alguien que ha logrado salir con vida de Auschwitz?”, se pregunta el alemán. Yo entro al trapo y le replico, quizá con más vehemencia de la necesaria: “¿Qué esperabas? Auschwitz no era precisamente una institución educativa […]. Allí no se aprendía nada, y mucho menos valores como la humanidad y la tolerancia. De los campos de concentración no salió absolutamente nada bueno”, me oigo decir, levantando la voz, y me pregunto si mi interlocutor espera una catarsis, una purga, la clase de espectáculo por el que acudimos al teatro. Los campos eran los lugares más inútiles y absurdos que nadie pueda imaginar.»

En resumidas cuentas, el horror inenarrable de Auschwitz no lo convertía en un lugar capaz de purificar a los supervivientes transformándolos en sujetos éticamente sensibles, liberados de todo afán mezquino y egoísta; muy al contrario: parte del horror de Auschwitz es que también deshumanizó a muchas de sus víctimas, convirtiéndolas en supervivientes brutales e insensibles, haciendo que les fuera imposible practicar el arte del juicio ético equilibrado. La lección que debemos extraer de todo esto es triste y de lo más deprimente: hay que abandonar la noción de que las experiencias extremas conllevan cierta emancipación, que nos permiten deshacer el embrollo y abrir los ojos a la verdad absoluta de una situación determinada.

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